NUESTROS ÁRBOLES.
Para el sistema liberal un árbol es una cosa, como lo es el cuerpo de una persona fallecida. ¿Pero diremos que nuestro padre muerto es una cosa? ¿Sostendremos que un árbol, que nos da vida, al “comerse” al anhídrido carbónico y “liberar” oxígeno es una cosa de uno solo? ¿UN propietario puede hacer lo que quiere?
¿Cuánto del mejoramiento de nuestro aire en la planta urbana hemos perdido al talar más de cinco árboles añosos: una acacia hermosa, que brindaba no sólo sombra y oxígeno, sino con sus flores ese aroma inconfundible de la primavera en este sector del pueblo. El nogal cargado de frutos cercenado desde su raíz.
La araucaria, majestuosa ella, solita en el centro del terreno luego de la caída de un gran castaño que le servía de sostén.
Los maitenes pujantes, verdes…los ciprecitos de muchos años pero pequeños de diámetro.
Todo sucumbió bajo máquinas depredadoras. Autorizado por el personal del Poder Ejecutivo, eso sí. Y desautorizado por el Concejo Deliberante, que como cuerpo no supo o no pudo encontrar la forma de hacer cumplir sus normas.
Un Juez de Faltas que luego de mucho hacer se logró se constituya en el lugar y notifique una resolución del Concejo del mes de octubre que ordenaba no innovar…y media hora más tarde quienes se comprometieran a no cortar los árboles remanentes (tres) se dieron a la “avivada” de desobedecer lo notificado. Ingeniero Abraham y Pucho Ripoll, los dos dieron su palabra. Los dos la negaron en los hechos minutos después. Qué pena cuando un hombre no tiene palabra. Qué pena.
El quizá ya es pasado. El titular de la obra, ¿se habrá enterado que los vecinos lo miraremos como a un depredador de nuestro entorno? Porque el sentido común indica que alguna responsabilidad tiene en las talas…aunque sea el de haber contratado gentes que no tienen palabra.
NI UN ÁRBOL en la esquina del terreno nos dejaron. Ni una sombra cálida y verde. No más susurro de hojas en ese lugar, que de algún modo nos aligeraban el dolor de la demolición del edificio habido, aquel que fuera el último rincón de los palenques locales.
¿Será nomás que el dinero lo puede todo? ¿Qué hemos perdido la capacidad de encontrarnos con la naturaleza?
¿O será que tenemos funcionarios irresponsables que odian a los árboles?

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